Por Julieta Benvegnu

Cuando admiramos un paisaje en un estado de quietud y llegamos a incorporar esa imagen mental como foto, allí la mente empieza a imaginar. Modifica el paisaje con dibujos y formas inexistentes, toma al paisaje como lienzo. La mente de Cai Guo-Quang no sólo imagina, sino que lleva a cabo esas modificaciones. Es como si tomara crayones de colores y empezara a dibujar el cielo. Es que una de sus facetas como artista es crear instalaciones con fuegos artificiales y polvos de colores. La pólvora se ha convertido en una extensión de sus manos y a través de una sincronía exacta, Guo-Quang lleva a cabo instalaciones conceptuales emocionantes. Hagan un stop aquí y vean el video de la inauguración de su exhibición “La novela ola” en 2014. O tal vez, prefieran ver su interpretación del tango, a través de “La vida es una milonga”, un increíble espectáculo de fuegos artificiales llevado a cabo en La Boca el año pasado. La tecnología le permite a Guo-Quang programar las explosiones y como resultado asistimos a un ballet de colores. Además, la obra de Guo-Quang es 100% ecofriendly, utiliza polvos biodegradables y aunque comúnmente pensemos en la pólvora desde el lado bélico/contaminante, es un producto natural que se obtiene de minerales terrestres. Así que, lean tranquilos ecologistas.

Todo en la mirada de Guo-Quang es nostalgia. Su arte es resultado de su apropiación del pasado. La pólvora fue un descubrimiento efectuado en el terreno de la medicina, hace más de mil años en la dinastía Song. De hecho, la traducción de “pólvora” en chino es “fuego medicinal”. Durante la infancia de Cai Guo Quang la pólvora era una suerte de medicina emocional en su pueblo. Está intrínsecamente vinculada con rituales y festejos de Quanzhou. Una explosión es para Guo-Quang un lazo directo con su núcleo familiar, con amadísima abuela paterna, y con su papá: Cai Ruiqin. Él era un respetado artista de la China previa a Mao, su arte era una de las más tradicionales en China: la caligrafía. La revolución se encargó de destruir el arte tradicional chino. El dolor se ve en los ojos de Guo-Quang cuando recuerda la quema de libros (la única inversión que valía la pena según Cai Ruiquin) que tuvieron que hacer durante tres días y tres noches. Quizás el dolor de esa destrucción fue la que lo llevó a tomar la pólvora (invento que la humanidad utilizó sobre todo para destruir) y a utilizarla como “fuego medicinal” del arte. Luego de estudiar escenografía en la Academia de Teatro de Shanghái y de dominar las técnicas de pintura tradicionales, Guo-Quang comenzó a experimentar con la pólvora en el lienzo y quemó varios en sus comienzos. Luego de mudarse a Japón en 1986, llegó a dominar la esencia de la técnica convirtiéndola en su marca registrada. Sus obras de arte realizadas con explosiones de pólvora dejan ver una similitud con los improvisados trazos de la caligrafía china. Su obra trae a la vez, el pasado y el absoluto presente (en la explosión). El arte destruido de una generación, vuelve a la vida en la generación posterior a través de la pólvora. Destrucción y creación conjunta: chupate esa mandarín.

Hoy Guo-Quiang vive en Nueva York y es un artista consagrado, sus exhibiciones pasaron por The Metropolitan Museum of Art y Guggenheim (Nueva York) y el Museo Nacional de arte de China (Beijín); y en 2008 realizó la puesta de fuegos artificiales de la ceremonia de inauguración de los juegos olímpicos. Sin embargo, sigue en la búsqueda de proyectos que lo lleven a su intención original como artista, a sentir esa emoción compulsiva y sincera de creación. El documental “Escalera al cielo” (Netflix) muestra uno de sus últimos proyectos: una escalera de medio kilómetro que asciende verticalmente al cielo hecha con explosiones de pólvora. Guo-Quang demuestra intriga por el mundo extraterrestre (más allá de la tierra) y muchos de sus proyectos al aire libre buscan ser visibles desde el espacio exterior. Como la extensión que hizo de la muralla china colocando explosivos a lo largo del desierto de Gobi. El proyecto “Escalera al cielo” es ambicioso, de hecho fracasó en más de una oportunidad, pero la intención última para llevarlo a cabo es simple: quiere hacer un último regalo para su abuela de 100 años. Grandilocuencia y simpleza. Pasado y presente. Destrucción y creación. Todo ello convive sincrónicamente en la obra de Guo-Quang. Por eso, lo amamos.

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