Por: Julieta Benvegnu

 

¿Y por qué no? No es una pregunta retórica… En serio, que alguien nos dé una razón para no amar a esta señora de apenas 102 años. Que alguien nos diga cómo se hace para no querer a persona que vivió noventa años de su vida desarrollando su arte incesantemente, sin que nadie le reconozca nada ¿Cómo no amar a una señora que con poco más de un siglo a cuestas se levanta todos los días a hacer arte? ¿Cómo no adorar a un ícono del arte, que sólo fue ícono después de varias décadas, cuando se enteraron de que ella estaba explorando hace cincuenta años lo mismo que aquellos otros famosos artistas (hombres), en su momento inmediatamente consagrados?
Pienso que a los 89 años una debe imaginar que la vida le tiene pocas sorpresas por delante. Lo único por venir no es ninguna sorpresa, es de hecho de las pocas cosas que sabemos con certeza. A los 89 años una pasó por miles de cosas. Seguro, cultivó y lamentó la pérdida de muchos afectos y padeció la muerte de su persona más amada. A lo mejor dedicó su vida a algo, digamos, por ejemplo… a pintar cuadros. Quizás una descubrió en su juventud una forma propia de expresión en este mundo incierto y la desarrolló incesantemente, pintando. Durante esos años, una no tuvo hijos, tampoco alcanzó popularidad, ni ninguna galería importante le compró ningún cuadro. Sin embargo, una, tan cerca de los noventa, continúa pintando… De pronto, gracias a un querido vecino (un tal Tony Bechara), en los comienzos del siglo XXI, la convocan a una para participar de una exhibición en Nueva York de artistas latinoamericanos. Y algunos diarios como el New Yorker empiezan a escribir acerca de la obra de una, y otros como The Observer la llaman “el descubrimiento de la década” (De la década del 2000, aunque una se pregunta ¿cuándo terminó el siglo pasado?). Entonces, el Tate Modern Museum y el MoMa adquieren los cuadros de una, algunos terminados hace algunos días y otros hace cuarenta años. Una se consagra. Una ya tiene 102 años. Una es Carmen Herrera, y continúa pintando.

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Carmen nació en 1915 en Cuba. Creció en su país bajo el gobierno de Batista, repudiado por su madre, feminista y periodista, y su padre, fundador del diario El Mundo. Antes de la revolución se casó y se fue en el ´48 a acompañar a su marido a París. Durante ese período Carmen se puso en contacto con el trabajo de Albers, la escuela de la Bauhaus, y con el suprematismo ruso. Se codeaba con Ellsworth Kelly y Frank Stella, artistas que exploraban en simultáneo el abstraccionismo con formas geométricas. En el 53´ un nuevo cambio de trabajo de su marido la lleva a vivir a Nueva York, a un departamento modesto, vecino al de León Polk Smith. El resumen entonces es que desde París en adelante Carmen continúa explorando su visión artística y contribuyendo al desarrollo de la técnica que más tarde adoptaría como nombre hard edge. Tan pionera como sus colegas masculinos, quedó relegada de la consagración artística. Mientras el arte de Kelly y Stella se consagraba en las mejores galerías, Carmen continuaba pintando en su departamento y trabajando sin lograr mucha popularidad. La viejecita de hoy se toma con humor el hecho de haber tenido que esperar más de 50 años para que llegue su reconocimiento, pero sí apunta con firmeza la hostilidad frente a las mujeres que se daba en el ambiente artístico durante esos años, incluso de parte de galeristas del mismo sexo.
Con todo, estar fuera del foco de atención la hizo una artista autónoma, una artista con su visión y nada más. “En el arte uno está sólo, a veces se piensa que si desde fuera te dicen ´qué bueno está esto´ vas a sentir más confianza en tu trabajo, pero no es así.”, señala Carmen en el documental The 100 years show disponible en Netflix. Tomada por la belleza de la línea recta y pasando desapercibida por el mundo del arte, Carmen fue simplificando paulatinamente sus cuadros, tomando el cliché “menos es más” como leitmotiv. La potencia de lo simple en sus pinturas genera una fuerte interacción con el espacio circundante, como si este fuera tomado por las figuras perfectas de colores plenos que flotan en este mundo de caos. Carmen pintó en su departamento desde entonces y hasta ahora, casi todos los días de su vida., fiel a su visión artística y a su espacio de trabajo ¿Cómo no admirar a la pionera de un movimiento artístico que se pasó la vida a la sombra de las galerías y, a pesar de todo, se mantuvo fiel a sí misma y jamás renunció a sus cuadros?
Su forma compulsiva de pintar nos lleva al día de hoy, cuando con un siglo de vida continua pintando cotidianamente con ayuda de Manuel, uno de sus cuidadores. Eso la pone contenta… Ahora que sus cuadros se venden puede pagar cuidadores y no ir a un geriátrico. Preguntarle por qué eligió el hard edge como forma de expresión es en vano: “Si lo pudiera decir con palabras no pintaría. Un artista es el menos indicado para hablar de arte, un artista tiene que hacer arte del arte”. Las pocas palabras de Carmen son tan precisas como las líneas con las que pinta. Y como una línea en uno de sus cuadros, su arte parece propagarse ad eternum por su forma compulsiva de pintar, y por la intensidad de sus cuadros. Por eso, y porque francamente es imposible no hacerlo, la amamos.

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