Por: Gabriel Imparato

Puntual, como buen bailarín que llega al ensayo. Con un té de hierbas en la mano y  entusiasmado. Es media mañana y Julio Chávez deja de lado -aunque sea por un rato- su apretada agenda de trabajo para recibir a FDH y contar un poco de qué se trata “El maestro”, la miniserie que sale todos los miércoles por la noche por El Trece y que lo devolvió a la pantalla chica tras sus éxitos en el teatro y cine.

Supe que estuviste aprendiendo ballet durante un año para encarar esta miniserie.    
Sí. Cuando Adrián (Suar) me citó, y fuimos a comer una noche, me dijo “este es nuestro próximo proyecto”. A las dos semanas me estaba ocupando de buscar a Raúl Candall, aún sin saber si se iba a hacer el proyecto. Eso ocurrió a mitad del año pasado. La situación era que si yo me empezaba a formar cuando firmara el contrato… no llegaba; y si me empezaba a formar antes tal vez era al pedo. Soy un hombre grande, ya se cómo es la situación.
Lo vi a Ricky Pashkus, que es mi hermano del alma, y le dije: “Ricky ayudame a ver cómo me puedo formar”, entonces me preguntó si se hacía y le dije “no sé, pero sino cuando se haga no voy a estar preparado”.
Decido hacer esas cosas porque sino… ¿cómo agradecemos lo que la vida nos da? El riesgo forma parte de un gusto que uno se da, que uno pueda tomar un riesgo es un riesgo y es un atributo. Pero también es un regalo porque el riesgo es autonomía y uno decide tomar esa decisión por las cosas que te trae la vida y yo quiero estar preparado. Si no se hacía igualmente tuve el gusto de hacer lo que yo creo que tenía que hacer.

¿Adelantarse en ese sentido es achicar el margen de riesgo?
No, es solo tomar conciencia de tu dificultad. Soy un hombre de 61 años y me tengo que formar, tengo que meter el cuerpo y despertarlo a una actividad. Es una parte de mí que no estaba preparada para eso y además me meto en un mundo que evita que alguien me vea y diga “ese señor no enseñó nunca en su vida”. Cuando hice el film “Un oso rojo”, me tuve que preparar haciendo box ¿Por qué? porque el tipo tenía que estar en contacto con una actividad de esa naturaleza. Una de las cosas más hermosas que tiene para mí la actuación es poder encontrar un signo de ficción que construya una emoción. Hay que prepararse y yo para esto me preparé durante un año.

De enseñanza comprendés porque tenés un lugar donde lo ejercés con el teatro, ¿no es cierto?
Pertenezco a una generación de actores que cuando nos empezábamos a formar teníamos un reglamento con las acciones que uno tenía que hacer. Tenías que pasar por la acrobacia, en algún otro momento actuación contemporánea… eran caminos que uno transitaba, porque uno estaba muy preocupado de su entrenamiento y formación. Entonces, cuando tenía 20 años pasé por esos lados pero no hice danza clásica nunca en mi vida y hacerla ahora fue una experiencia extraordinaria. Tengo en ese sentido un “alumno interno” que cada vez que se presenta ante un maestro está contento. Para mí el vínculo maestro-alumno se trata de un vínculo entrañable. Lo he dicho muchas veces, sobre que esa relación es mucho más constructiva que la de un padre con su hijo -para mí por esa experiencia.
Si bien el padre puede ocupar ese lugar a veces, hay un hecho de seducción en la enseñanza, el aprender y que el otro vea que estás aprendiendo y en el gusto de ver que el otro te acepta y que se pone contento. Ese es mi vínculo con la enseñanza y por eso me entusiasmaba esta idea de interpretar a un profesor de danza clásica.

 

Julio Chàvez (Prensa Artear 001)
¿Es complicado manejar la relación entre el artista y el docente del género?
Yo colaboro con la formación de actores y “encastro” con el término maestro si se aplica al sentido de la formación pero yo no formo a nadie. Al único que he formado es a mí mismo y soy el único del que me puedo hacer responsable.
Entiendo a la formación como un acto de autonomía y decisión que tiene finalmente enormes colaboradores. En el colegio sigue funcionando algo: si no prestas atención esto no va a funcionar, porque la atención no te la puedo dar, no te la puedo regalar. Yo te puedo dar algo si vos prestás atención. Si vos me escuchás yo puedo prestarte atención, pero el acto de escuchar es el acto del ser humano. Eso genera en el otro ciertas situaciones de autonomía, porque entiende que algo depende de él. Esas autonomías son fundamentales, porque hoy por hoy, para mí, algunos problemas pasan porque no se sabe quién tiene la decisión de autonomía. Por ende todos esos comportamientos, apago, prendo, voy, me quedo, escucho, miro, son impresionantes, son importantes.

Muchos profesionales famosos dicen que estudiaron con vos, dando a entender que tu apellido e historial profesional genera un prestigio transferible a terceros.
Eso lamentablemente -si es así tomado- es una pena. Entiendo que puede ser así pero no lo vivo como un halago sino como una preocupación. Mi problema es que vos aún, sientas lo que sientas por mí, en todo caso espero que eso sea el vehículo por el cual vas a empezar a despertar tu interés verdadero e importante. El gusto que pueda crear en los problemas que yo te voy a meter como maestro, si empezás a sentir el gusto de estar en ese problema en una escena de Shakespeare, entonces yo considero que estás en mí espacio y que te pude contagiar lo que creo. Tu admiración hacia mí, no el contagio de nada importante, en todo caso puede ser un vehículo. Para mí la enseñanza tiene que ver con que si vos te enamorás de ese camino que te propongo. Igualmente como halago es una cosa que se agradece.

¿Hay más complicación a la hora de lograr el objetivo desde el mundo de la danza o uno puede generar la simulación técnica para tributar el engaño del conocimiento?
En cuanto al carácter de los bailarines, el mundo de la danza es muy particular, uno de los temas como actor que a mí más me impresiona en el mundo de la danza es primero el momento en que se prepara, ahí no se jode. Ahí hay algo muy claro que advierte que el cuerpo en dos segundos si hizo una trastada y que pasaste de poder a no poder en solo un segundo.
Nosotros, los actores, tenemos la potestad de cierta plasticidad, y de no rigurosidad, acerca de que el punto de vista es mucho más permitido y autorizado, una cosa puede ser según diferentes conceptos o puntos de vista.
En el mundo de la danza -y particularmente en el de la danza clásica- algo es de una sola manera. Ahí ya con los actores hay una gran diferencia. En el mundo de la danza hay algo que se llama “no te quejes”, templanza y no te quejes.
Hablo de lo que es el trabajo, nosotros paramos, charlamos, discutir las cosas alrededor de una mesa. El bailarín no cuenta con algo así, directamente no existe eso. Además hay una decisión de gobierno sobre el instrumento muy exigente, y tiene otra cosa: aún el bailarín más malo tiene que saber bailar. Inclusive se puede formar uno que nunca habrá bailado, al lado de uno que va ser primerísimo, los dos tienen que hacer lo mismo, se tienen que entrenar con la misma rigurosidad, decís “pobrecito/a, no va a bailar nunca”, pero se preparan para ser primeros bailarines. El mundo del actor ya es diferente porque, además, tiene otros elementos del lenguaje: existe otra manera de componer y articular. El mundo del bailarín es muy, muy muy pero muy exigente, muy duro, de mucha rigurosidad, a mí eso me parece admirable. Yo envidio enormemente a los bailarines sobre todo en ese aspecto. O sea el surgimiento del deseo y la inmediata consecución de algo directo para lograrlo, no es tan fácil rumiar, porque el cuerpo manda, la actividad manda, eso es bien atractivo.

Tu caso es la situación inversa de Mikhail Baryshnikov, el fue toda la vida bailarín y después de participar en “Sex and the city” sigue está haciendo cosas como actor.
Bueno, pobre Mikhail…(risas)… A la vejez viruela.

Volviste a la TV con “El maestro”, pero venías de presentar en cine la película “El pampero” que terminó confinada en un complejo de cines cerca del Congreso.
Sí, 5.000 espectadores. Lo digo como parte atractiva de mi oficio. Me preguntaba Adrián amorosamente, hace un tiempo, “¿cuándo estrenás tu película?”.
Digo… “qué amoroso, pone expectativas por una película que sabe que va a durar exactamente lo mismo que un pedito de una codorniz”. Pero… eso también me gusta mucho: las diferentes maneras y las diferentes selecciones, y que eso hace que nos pueda encontrar juntos en un teatro, compartiendo una experiencia común y también teniendo experiencias muy diferentes.

“Me parece lastimoso comunicar que mantenerse joven es un atributo. El atributo es vivir, en todo caso”

Retomo la pregunta: se da que te convertiste en un clásico de la tv, en el teatro estás con Adrián Suar llenando funciones y el mundo fílmico no te es ajeno. ¿Feliz?
Vivo todo eso con mucho agradecimiento, queriendo que nunca terminen, pero sabiendo que se va a terminar.
Pero cada vez digo “es como despertarse” y uno dice “pero hoy no es el día en que me voy a morir”, o sea agradezco mucho pero bueno, la conciencia, porque lo veo, en algún momento se cortará.
Y muy enamorado del momento, muy gustoso y agradecido, muy responsable y muy interesado. Es una sincronía de cosas felices, pero ya sabemos lo que viene después. Como decía mi madre “reíte que vas a llorar” (risas). Cada vez que digo “¡qué contento estoy!” esa voz me advierte. Lo que viene después, por como soy yo es buscarme otra ocupación que me vuelva a entusiasmar, el año que viene tengo una muestra en el Museo de Karama, Córdoba y ya estoy efervescente pensando en lo que debo presentar y en lo que voy a producir. Es para agosto de 2018, llevaré todo el trabajo escultórico que estoy haciendo últimamente y voy a preparar especialmente para el museo alguna cuestión nueva. Me gusta que un museo permita la expansión de un pensamiento plástico, más allá de si va a venderse o no. No es una galería, no es un lugar para vender, eso me permite liberarme de algunas cuestiones, que a veces son una preocupación, que tiene que ver con otros planteos.
En otro aspecto profesional, ya estoy trabajando sobre un material de teatro, yo necesito ocuparme porque entre otras cosas me trae un problema a futuro, me saca de una zona molesta y necesito ocuparme. Lo que va a venir es ocupación, ocuparme nuevamente, no estoy amigado con el ocio, es algo existencial pero no se trata de una cuestión rara, me gusta como idea, pero en el momento en que lo vivo, realmente no lo comprendo.

Por último, y asumiendo que todos los tenemos, ¿cómo convivís con los malos momentos personales y profesionales cuando llegan?
Crisis, problemas, límites, insatisfacción y problemas, administrativos y problemas de tipo artístico… Los más fuertes son los administrativos porque los artísticos son los más relegados pero también se entienden, pertenecen a una administración. Los problemas del tiempo, cuando algunos notan que digo “algo dentro de diez años”, cómo no me va a preocupar el paso del tiempo (se toca la piel debajo del mentón)… Claro, me ocupa, me preocupa. Me angustia y lo experimento, como todo ser humano debe experimentarlo, con resultados diferentes. Me impresiona cuando digo “faltan diez años tal vez”, me sorprende enormemente el tiempo, enormemente la capacidad de olvido que tenemos. Me sorprende más el olvidar que el recordar. Me sorprende más esta cosa que de golpe…nos morimos, es brutal la vida en ese sentido, es muy fuerte.
No me preocupa la vejez, en el sentido de ir envejeciendo, que se me caiga la cara, que se me vea más viejo. En ese sentido tengo a veces diferencias, que en nuestro medio existen, y para mí un actor no debe ocultar el tiempo. En ese sentido somos comunicadores de sentimientos y me gusta comunicar a mí que pasa el tiempo, que no está mal. Porque me parece lastimoso comunicar que mantenerse joven es un atributo. El atributo es vivir, en todo caso. Ahí no me preocupa la caída del pelo, las situaciones físicas, lo veo, además lo entiendo y me da pudor, pero al mismo tiempo esto me gusta como experiencia, lo del no ocultamiento. Porque también me parece que uno comunica al espectador algo que opina sobre la vejez y me parece ofensivo comunicarle a alguien grande que yo estoy salvado porque no parezco grande. Yo no quiero estar “salvado”, porque quiero ser actor y no quiero salvarme de nada, por el contrario, quiero meterme en todo. A veces esa preocupación impide que haga la experiencia y esa experiencia necesaria para el espectador entiende que le estoy hablando a él de algo que nos pasa. También nos pasa que no queremos envejecer, pero envejecemos.

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