El prestigio mundial que el realizador coreano Park Chanwook se ha construido entre miles de sus cultores, descansa en un mérito simple, directo, incontestable: es uno de los maestros contemporáneos para narrar la crueldad extrema. Y de emplearla, además, como un recurso para explorar la condición humana, los límites intercambiables del bien y del mal, el borroso edificio de la moral.
En su cinta más reciente, Park, convierte a un sacerdote católico en vampiro. Pero no se trata simplemente de mostrarnos a un hombre con sotana que se alimenta de la fuente de vida de los otros como antes lo hacía con el vino consagrado, sino de exponer sin concesiones sus dilemas éticos y morales, la indecible lucha entre sus códigos religiosos y la tangible necesidad de su cuerpo por matar para sobrevivir. El más importante director coreano de la actualidad, también demuestra en Sed de sangre (Bakjwi, Corea, 2009), cómo a una enfebrecida y accidentada historia de vampiros puede incorporarse el argumento de la novela Thérèse Raquin, del francés Émile Zola, un relato romántico sobre una joven huérfana atrapada en una existencia monótona en la casa de la tía que la recogió y que la obligó a casarse con su primo. Pero que conoce a un amigo de la familia, del que se enamora, pasión que conduce al crimen y al remordimiento.
La cinta, estrenada el año pasado en el festival de Cannes, se hizo del Premio del Jurado en la competencia oficial y confirmó a Park como uno de los más El prestigio mundial que el realizador coreano Park Chanwook se ha construido entre miles de sus cultores, descansa en un mérito simple, directo, incontestable: es uno de los maestros contemporáneos para narrar la crueldad extrema. Y de emplearla, además, como un recurso para explorar la condición humana, los límites intercambiables del bien y del mal, el borroso edificio de la moral. Originales autores del cine contemporáneo luego de su conocida trilogía sobre la venganza conformada por Simpatía por el señor Venganza (2002), Oldboy (2003) y Señora Venganza (2005), en las que convirtió las escenas de violencia en complejas coreografías cinematográficas de innegable belleza.
Desde Corea, y gracias al Internet, se logró la siguiente entrevista con este director de culto que actualmente prepara su primera cinta en inglés The Ax (El hacha) y supervisa la remake hollywoodense de Simpatía por el señor Venganza.
–Un elemento recurrente de su cinematografía es que las fronteras morales y éticas, prácticamente se borran. Las víctimas y los victimarios intercambian continuamente sus papeles, pues más que de violencia y redención, su trabajo contiene busca una amplia reflexión sobre la condición humana.
–Por supuesto. Lo que trato en mis películas no es el concepto abstracto del bien y del mal, sino lo que ocurre con seres específicos, trata de personas buenas y de personas malas. Y es que ese es mi punto de vista, que las personas incluso las buenas y las malas no poseen características fijas, sino que algunas veces son buenos y en otros momentos son malos. Simplemente ocurre que hacen actos, buenos o malos, en ciertos momentos específicos y lo que complica mucho más estos asuntos es que las buenas intenciones no llevan inmediatamente a realizar buenas acciones, a buenos desenlaces, pero es que así funciona el mundo. Y precisamente como ejemplo de que las mejores intenciones pueden conducir a los peores resultados posibles, podemos ver la historia de este sacerdote, que comparte su sangre de vampiro con la mujer que ama con la intención de salvar su vida, pero como resultado de esta acción da a luz a un depredador diabólico imperdonable.
–Especialmente en Sed de sangre encontramos efectos especiales muy complejos en un filme muy realista, que retrata de manera naturalista la vida cotidiana de los personajes, sin importar que sean vampiros.
–Mi territorio siempre ha estado “en algún sitio en medio de los aspectos fantásticos del cine de género y el realismo”, así que yo diría que esa es una valoración natural respecto a mi trabajo. Como una película del género de los vampiros, la característica única de Sed de sangre proviene de que se trata al vampirismo como una enfermedad. Al tomar la sangre de un vampiro, una persona normal se convierte en un paciente que sufre de una enfermedad. Aquí, el vampirismo es una especie de virus. “Una persona que ha sido tan desafortunada para estar en ese estado tan lamentable, ¿cómo podrá mantener- se simultáneamente a su fe y a su recién encontrada nueva identidad física de vampiro?”, esa es la pregunta que estaba más interesado en describir en este filme.
–¿Es este su cuarto largometraje en torno a la venganza? Pienso en el personaje de la señora Ra, quien pese a ser parapléjica, lastima sicológicamente a los vampiros con su sola mirada.
–Tengo la creencia profunda de que prácticamente no existen historias en el mundo que no tengan nada que ver con el tema de la venganza, sin importar el género, la región o la época. Por supuesto que desde el punto de vista de la señora Ra –que es la tía de la protagonista–, Sed de sangre es una muy gratificante historia de venganza. Mediante esfuerzos desesperados, ella usa la uña de su meñique para revelar la verdad acerca de la muerte de su hijo, del asesinato, al grupo de jugadores de mahjong que se reúnen en su casa. Es entonces que Tae-ju comienza la masacre, lo que induce a Sang-hyun a decidir suicidarse junto con ella. Además, un poco antes, mientras Sang-hyun le succionaba la sangre a Tae-ju, sus ojos se encontraron, accidentalmente, con los de la señora Ra, y quedó absolutamente al descubierto. Los ojos de esa anciana paralítica tienen tanto poder en el vampiro, para ser más precisos esa mirada suya, que resultan ser el arma más cruel que existe en el mundo, tan destructiva para él como la luz del sol.
¿Qué tan grande es la influencia de su formación católica en el cine que hace?
Crecí en una familia católica, pero a diferencia de América Latina y Europa, donde el catolicismo es más abierto, en Corea es diferente, no existen imágenes del castigo. Cuando yo era niño en los años setenta, el catolicismo coreano tuno mucha influencia de los movimientos de América del Sur y creo que esa fue una de las mayores fuerzas para la resistencia contra la dictadura en Corea. La influencia sobre mí, por lo tanto, no era en el sentido del pecado o de pedir perdón en las iglesias, sino como fuerza contra la dictadura. Y el sentimiento del pecado que existe siempre en mis películas surgió de la culpabilidad que tengo por no haber participado en esa lucha ni en las manifestaciones políticas cuando yo era universitario, como lo hicieron mis otros amigos.
¿Cuán importante le resultó, como autor de cine, ganar el Premio del Jurado en Festival de Cannes, con una película de género?
El ser premiado en Cannes, que es un festejo a los filmes de arte, me resulta un reconocimiento extraordinario. Cuando presenté ahí Oldboy, la Palma de Oro le fue otorgada al documental Fahrenheit 9/11, de Michael Moore. Y ahora, cuando presenté Sed de sangre, ese reconocimiento fue para La cinta blanca (The White Ribbon), de Michael Haneke. ¿Qué tan diferentes son mis obras, comparadas con estos filmes? Creo que mis películas se encuentran, probablemente, en el límite más extremo de lo que Cannes puede permitirse invitar. Especialmente pienso en Sed de sangre, que en Corea fue considerada como un filme de arte que fue invitado al prestigiado Cannes, pero una vez que se encontraba compitiendo en el festival, fue tratada como una película comercial plagada de basura violenta y sexual. Yo suelo considerarme a mí mismo como “una especie de virus que se infiltra en el cine de género y genera una mutación en su código genético”, así que tiendo a sentirme honrado por este tipo de valoraciones en torno a mi trabajo.
Crédito: Sergio Raúl López
